lunes, 10 de enero de 2011

La fe política ante todo

Muchos dicen, o mejor dicho tachan, a quienes no nos sumamos a su singular manera de entender la democracia, ya sea interna o externa, de carecer de ideas por mantenernos fieles, de no creer en nada que no seamos nosotros o de estar demasiado ocupados chupando un sueldo que, al menos en mi caso, es inexistente. Nunca dije nada aquí sobre aquellos que patalean cuando no se les complace porque este es mi espacio. No haré, ni mucho menos, leña del árbol caído, eso se lo dejo a los arribistas que buscan cambiar prestos de chaqueta antes de que les pille el temporal.

Sin embargo, si haré otra cosa y es explicarme. No respondiendo a insidiosas preguntas planteadas desde el olvido selectivo, sino reafirmando mi fe política, madurada desde hace años y todavía en proceso de ello, en constante cambio y abierta a todo aquello que nos haga progresar como personas y como sociedad.

En primer lugar, creo en la libertad. Sin ningún tipo de rodeo, ni preámbulo. Creo en la libertad de cada individuo, en su legítima e irrenunciable potestad para disponer de ella y practicarla siempre y cuando no coarte la de sus semejantes. El hombre es libre y, antes que estado, fue individuo. Por eso, y no sin mucha capacidad de autocontrol, el ser humano debe luchar siempre por fomentar espacios de libertad. Si una persona, sea cual sea su raza o cultura, se convierte en preso de un sistema que expropia sus libertades caerá, o bien en la más absoluta deshumanización, o bien en el más triste círculo de infelicidad, o bien en ambos al mismo tiempo.

Pero libertad es mucho más que aparentar ser libres, que votar unas elecciones o que tener poder de decisión sobre algunas cosas. Libertad es disponer de tus bienes a tu gusto, conseguir una independencia tanto física como social, consumir aquello que deseas, responder a tus principios y no arrodillarte ante quien no te quieras arrodillar. Y, porque creo en esa libertad, creo en todo lo demás.

Porque creo en esa libertad, creo en la democracia. Diría más, creo en la democracia occidental. Creo en los preceptos ideológicos de la Declaración de Independencia de los Estados Unidos de América, la cual compone el primer manifiesto moderno en pos del sistema político en el que hoy vivimos. Creo en todo su contenido y en su legado, porque de él ha nacido el germen del progreso, tanto para Europa como para la propia América. La libertad de las democracias generaron la Revolución Industrial, la Unión Europea, el Euro o la ONU. Si repasamos la historia, sólo aquellos que aspiraron a tiranos trataron de derribarla o modificar sus principios. Por otro lado, los que queremos salvaguardarla tratamos de cambiar para mejor sus mecanismos, pero nunca su fundamentación.

He nombrado a Estados Unidos y su Declaración de Independencia, y lo haré cuantas veces quiera. Posiblemente no sea yo el más ferviente defensor de muchas políticas que nos vienen de norteamérica, sin embargo, sería una inopia apabullante creer en la fuerza de una democracia libre y no hacer mías estas palabras: "que todos los hombres son creados iguales; que son dotados por su creador de ciertos derechos inalienables; que entre estos están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad; que para garantizar estos derechos se instituyen entre los hombres los gobiernos, que derivan sus poderes legítimos del consentimiento de los gobernados; que cuando quiera que una forma de gobierno se vuelva destructora de estos principios,el pueblo tiene derecho a reformarla o abolirla, e instituir un nuevo gobierno que base sus cimientos en dichos principios, y que organice sus poderes en forma tal que a ellos les parezca más probable que genere su seguridad y felicidad".

Pero de nada serviría creer en lo anterior sin una fe inquebrantable en una educación libre, generadora de conocimiento. Poco nos valdría creer en las grandes libertades si no las dotamos de una base, no social, sino individual. No podríamos perseguir una democracia pura y abierta con individuos que no comprendan las políticas que su estado realiza. La gran solución nunca será bajar la calidad de nuestras leyes o restringir las libertades, sino que debe ser una mejora progresiva de la educación en todos los ámbitos, único y verdadero impulso de la sociedad. Por eso, creo en una educación que forme personas y no ciudadanos sumisos.

Y es que son aquellos países con peores ratios educacionales lo más proclives a padecer, si no lo hacen ya, los males de un gobierno autoritario. Son las personas educadas en la prohibición aquellas que peor miden el límite entre lo bueno y lo pernicioso de una acción, ya sea para la sociedad o para ellos mismos. Porque cuando el Estado crea una ley injusta, las personas se plantean el resto de sus leyes y, cuando revisamos las leyes con el único motivo de la desconfianza, podemos caer en el error de cuestionar aquellos principios que nos han hecho progresar. Por eso, y sólo por eso, en una educación en libertad, en la reflexión sobre nuestro sistema de una manera positiva y en el desarrollo de las personas para alcanzar su máximo potencial estarán el desarrollo y la crisálida de un estado democrático.

Y he nombrado al estado porque creo en el estado. Creo en que la suma de individuos, a gran escala, genera prosperidad y crea vínculos que conforman una sociedad donde el ser humano puede realizarse por completo. No podemos obviar que el estado es un nivel evolucionado de una necesidad humana, la socialización. Pero tampoco debemos caer en el error de dar más poder al aparato de éste que a los propios individuos que lo conforman. Vivimos en sociedad y, por ello, damos a nuestros gobiernos una serie de potestades que individualmente no podremos satisfacer: política económica, justicia, defensa (interior y exterior) y diplomacia son las más notorias e incuestionables.

Son nuestros gobiernos quienes tienen que velar por la libertad y por el desarrollo de los individuos, así como trabajar en pos del progreso. Sin embargo, y ese es tema de otra reflexión, ¿hemos dado demasiado poder al estado? Es una pregunta que debemos hacernos casi a diario, si no queremos acabar imbuidos en un aparato faraónico, paternalista y encerrado en sus esferas de poder. No debemos cuestionar, por tanto, nuestra organización como sociedad, sino los poderes que le entregamos a nuestros gobernantes.

Pero, llegados a este punto, he de decir que si creo en la libertad, la democracia, la educación y el estado, ¿por qué no creer en la unión de ideas? Cómo no, creo en los partidos políticos. No como superestructuras controladoras, no como entes que priorizan lo suyo antes que el bien común. Sino como un espacio donde personas afines ideológicamente van aportando individualmente sus ideas, conformando políticas y madurando su ideología, sumando y haciendo sumar a la sociedad. Son las personas las que deben formar en todo momento al partido político, nunca el partido quien debe formar a sus militantes. Y deben, cómo no, ser estos militantes quienes respeten las normas del partido al que se suman. Así, integrando ideas y personalidades dispares será la sociedad quien juzgue a través del voto un conjunto global formado por personas diferentes. Pues, si por cada idea hubiese un partido, deberíamos hacer un escaño por cada habitante.

Por último y por todo lo dicho antes, en la soberanía de mis ideas, creo en el Partido Popular. Porque considero que es el partido que mejor las representa, al igual que alguien del PSOE o de IU lo considerará de otra manera. Yo lo creo así porque somos libertad frente a intervención, porque creemos en un sistema político como el que tenemos y luchamos por él sin relativismos, porque luchamos por una educación en valores y que haga progresar al individuo sin someterlo al colectivo, porque defendemos el estado sin dejar de cuestionar su poder y también porque podemos decir sin miedo que somos un partido que siempre ha sumado, hemos integrado ideas y decenas de partidos dispares, tenemos políticos de diversas corrientes ideológicas y esto no nos debilita, al revés, nos hace más fuertes y desmiente a aquellos que dicen que la derecha excluye. Aunque esas, cómo no, suelen ser gentes que nos tachan de extremistas pero que votarían a Gallardón, o personas que nos llaman centristas y que no ven el momento de aplaudir otra vez a Esperanza Aguirre o a Feijóo. Es, por tanto, el ejemplo de que la suma de ideas no debilita sino que genera grandes cosas, siempre y cuando todos cedan y haya un proyecto común.

Y dicho esto...

No me gusta contradecir a Groucho Marx, pero he de decir que aquí tienen mis principios y, si no les gustan, no tengo otros.



domingo, 19 de septiembre de 2010

To' pa'l pueblu

Hoy, La Nueva España publica que un 80% de los funcionarios que intervienen en la adjudicación de contratos del Principado han sido nombrados "a dedo". Toda una revelación que poco sorprende. Menos aún cuando has abierto los ojos ante este socialismo elitista, de "lobbys" empresariales y desigualdad de oportunidades.

Porque Asturias no es una región donde cada uno vale por sus cualidades o méritos. Estamos gobernados por un poder que, tras una democracia entera en la poltrona, debe tantos favores como ha recibido y esto, amigos míos, se paga caro. Pero, una vez más, el precio no va a ser abonado por nuestros dirigentes, sino por todos los asturianos que con nuestro dinero contribuimos a sufragar los costes de mantenimiento de un Gobierno en ruinas.

Debemos también los jóvenes pensar muy detenidamente en esto. No se trata sólo de un problema para los más adultos, sino que es una manera de gobernar que hipoteca nuestras posibilidades de futuro. Así, nunca podremos opositar sin sentir que "el hijo de..." tiene una prioridad dada por el apellido. Ni podremos crear una empresa sin padrinos que nos ayuden en la Administración.De nuevo, este socialismo encorsetado tiende a repetir las más rancias costumbres de la época felipista. Es decir, o con el poder o contra el poder.

No nos debería de extrañar que, si hoy hay que rendir pleitesía por un contrato público, no salgan mañana Areces o Fernández (alias Pimpinela) gritando "To' pa'l pueblu" mientras expropian a aquellos empresarios que nunca fueron serviles. Alfonso Guerra debe estar orgulloso.

lunes, 21 de junio de 2010

La hora de los jóvenes

Después de mucho tiempo, demasiado diría yo, voy a volver a engancharme a mi blog. Y creo que la mejor manera de volver, porque hay muchas y no todas son iguales, es dando forma a unas reflexiones que llevan tiempo ocupando mi cabeza: ¿por qué se está comprometiendo el futuro de los jóvenes? ¿por qué debemos de hablar mucho más en el mundo de los adultos? ¿Por qué debemos de protestar y alzar la voz?

El otro día, en el congreso de Nuevas Generaciones de Gijón, dije en mi informe de gestión que la preocupación de los jóvenes no era cuánto dinero regalábamos a la dictadura cubana, ni cuántos conciertos anti-sistema organizábamos en nuestra ciudad. Sino que, las verdaderas preocupaciones de nuestra generación, son estudiar, acabar la carrera y encontrar un trabajo digno. Preocupaciones, cómo no, desatendidas en todo momento por los gobiernos local, autonómico y nacional. Sin embargo, mientras a los jóvenes creen que se les contenta con placebos de dudosa calidad, el socialismo firma por ellos unas hipotecas que no tardarán en pasarnos factura. Es decir, no sólo nos quieren mantener callados, sino que nos hacen partícipes de su incapacidad dejando de nuestra cuenta los frutos de su nefasta gestión: un ente público plagado de funcionarios y altos cargos con más sueldo que competencias, un sistema de pensiones que niega el ciclo demográfico, un modelo productivo estancado por su falta de innovación, una democracia candente donde el "todo vale" ha superado a la convivencia.

¿Y qué haremos nosotros dentro de veinte años? Veamos la situación. Debido a la política zapateresca de "escurrir el bulto", tan bien seguida por Felgueroso y por Areces, se está dejando para mañana lo que se debe de hacer hoy. Es decir, cuando los que mandemos seamos los que hoy somos jóvenes, tendremos que lidiar varios frentes. Por ejemplo, si siguiesen gobernando los mismo, seremos nosotros quienes reformaremos la Constitución, quienes modernicemos el sistema de pensiones, quienes tendremos que hacer frente a los problemas endémicos del sistema de la Seguridad Social, quienes pelearemos el siguiente proceso estatutario, quienes nos enfrentaremos al desmantelamiento total de las cuencas mineras cuando llegue el fin de sus subsidios, quienes habremos de impulsar un nuevo modelo agrario por el fin de los fondos europeos. Esta es nuestra realidad, la realidad política de las personas que hoy tenemos entre veinte y treinta años, si no se produce un cambio radical en la manera de gobernar.

Pero no quiero que me malinterpreten. No es miedo a ser una generación elegida para el cambio social de nuestro país, al revés, es un orgullo. Sin embargo, creo que la acumulación de deberes sólo traerá el "aprisa y corriendo", ya que el que mucho abarca poco aprieta. Por eso creo que cambiando hoy, siendo joven y votando gobiernos valientes y realistas, mirando a nuestro futuro y actuando en consecuencia, podremos salvar la sociedad que construiremos, los gobiernos que nos tocarán votar y, a algunos, dirigir. No es cobardía, son ganas de hacer las cosas bien y de poco en poco; aún así, el trabajo que de manera natural nos va a tocar no es ni mucho menos menor, pues de lo dicho arriba mucho nos quedará por hacer.

Es por todo esto que hoy creí correcto escribir sobre la realidad que nos espera a tantos jóvenes. Dejarme de rodeos. Hoy tenemos gobiernos que adoran el acomodo: dirigentes a los que regalaron una transición y se niegan a empezar otra por pura comodidad. La juventud debe protestar y pedir valentía, hablar de futuro y empezar a construirlo. Realmente somos, y no de una vacía manera metafórica, el futuro.



Andrés Ruiz.


miércoles, 28 de abril de 2010

Triste de necesidad


Sólo la subversión de todo tipo de valores y de símbolos a la que se dedica el PSOE puede dar a luz algo tan siniestro para nuestra cultura: la utilización en el Senado de las lenguas cooficiales, mediando traducción simultánea. Al frente, ¡cómo no!, Leire Pajín: adalid contra la causa centenaria de la Hispanidad.


Ya sabíamos que la gente de ZP no tiene respeto por nada, es más, todo aquello que hacen es un mero truco para arrancar de la sociedad todo lo que huela a común, a unión, a España. Lo que no podíamos imaginar, y mucho menos con la que está cayendo, es que ahora iban a tomarla con el símbolo de la unión entre todos los españoles: su lengua. Aquella que surcó el Atlántico con Colón a la cabeza, aquella que engendró a El Quijote, aquella en la que Lorca y Machado apoyaron sus versos, aquella... Puedo seguir, sin embargo, creo que no hacen falta explicar los motivos por los que estoy orgulloso de hablar el castellano.

"¿Y por qué negarse a que se hable Euskera o Gallego en el Senado?", preguntarán cuando nos neguemos los retrógrados derechistas a tal ofensa. Pues bien, me niego a que en la Cámara Alta de un país como el nuestro, con una lengua universal, se tengan que utilizar traducción simultánea como si del Parlamento Europeo se tratase. Desde el respeto absoluto y el cariño a las lenguas cooficiales, las cuales enriquecen el País culturalmente, no podemos tolerar que se cuestione la hegemonía del castellano como lengua común a todos, pues esto es un orgullo con el que no todos los países cuentan, como es el caso de Bélgica.

No quiero acabar, sin volver a mostrar mi asombro. Tenemos una lengua que es un orgullo, que es nacional, que es común, y que ha aprendido de sus hermanas catalana, gallega y valenciana. Una lengua que mira con asombro el misterio del euskera. Una lengua, la única, que rivaliza con el inglés en cuanto a universalidad. Sin embargo, triste es ver cómo intentan hacerla provinciana, pobre, carca y conservadora. No es así: el español es universal, rico, moderno por su contínuo movimiento y, por supuesto, progresista (en el buen sentido de la palabra) por su cambio permanente.


Desgraciadamente parece que llegará el día en que el nieto adoctrinado por el nacionalismo preguntará al abuelo: "¿Y cómo sonaba este poema en la lengua de Machado?".


Triste de necesidad.

domingo, 21 de febrero de 2010

A Jordán

A nuestro nuevo amigo Jordán, presidente del Conceyu de la Mocedá de Xixón:

Querido Jordán, el otro día decidiste salir en prensa para dar tu toque de autor a la libertad de expresión. Como buen demócrata que eres opinaste, pues es tu derecho, y decidiste soltarte la melena para decir que en la universidad no deberían tener cabida los actos políticos, a lo que yo te pregunto: ¿en qué lugar mejor? ¿quizá en alguno de los fríos sótanos donde se reune la disidencia cubana? Seguro que allí las palabras retumban y se aprecia mucho mejor el calor humano, pues es literalmente calor humano, sin occidentales estufas ni lujos burgueses heredados del amigo yankee.
Estarás conmigo en que indicar dónde se puede debatir de política debería provocar, al menos, pudor en quien tiene tan estrechas relaciones con la hija de un dictador como Fidel Castro. Pero supongo que, en el entorno donde te mueves, criticar una conferencia política por el mero hecho de ser en las aulas de nuestra universidad es algo de suspicacia en un político joven como tú; tan joven que ni recuerda aquellos años mozos en los que López Aguilar iba a hacer mítines a la facultad de derecho. Sin embargo, creo que ese olvido no es por tu juventud (pues dicho mitin fue hace un año y yo, que soy aún más joven, lo recuerdo) sino por una preocupante e involuntaria memoria selectiva. ¿No es así, querido Jordán? Porque de lo contrario quizá cabría pensar en un doble rasero por parte del CMX a la hora de emitir sus opiniones. Pero sabes que yo creo en tu innata imparcialidad.
Aún así yo te digo, querido Jordán, no te preocupes por los fascistas como nosotros a los que se les ocurre organizar una conferencia de un ex-presidente de gobierno. ¡Claro que no! Tú preocúpate por preparar la transferencia corriente a la familia Castro, no ocurra que se vaya al garete ese paraíso de las libertades, y para tí vacacional, que es la vieja y maltratada Cuba.

lunes, 18 de enero de 2010

Una de Franco, vuelta al NO-DO


Cuenta ya la historia que, hace décadas, cuando la prole iba al cine a ver una de romanos tenía que aguantar primero una de franquistas. Cuenta también la historia que había, naturalmente, una izquierda a la que esto le molestaba mucho pero, como no tenía voz, nadie la escuchaba. Finalmente, cuenta hoy el periódico, que esa misma izquierda cambió tanto que un día decidió que aquella historia de franquistas quizá podía serle útil.


Parece que los inquilinos del ayuntamiento de Gijón no se cansan de hacer propaganda con el dinero de todos, ¡y con la que está cayendo!. La cuestión es que al equipo de gobierno se le ha encendido la bombilla y ha decidido proyectar, al comienzo de una obra en el Jovellanos, un vídeo en el que la alcaldesa nos cuenta las maravillas del remodelado teatro. Maravillas que presenta como un indiscutible regalo que nos hacen, pagado a escote pericote, el de la ceja y nuestra querida alcaldesa. Nada más lejos de la realidad.


No cabe decir que cualquier gobernante con dos dedos de frente hubiese lavado la cara del teatro; no cabe decir que el dinero, al venir de impuestos, lo pagamos todos. Sin embargo, es más fácil fundirse el "parné" del personal y luego contar en el NO-DO del siglo XXI que son muy majos y altruistas, interpelando al de la butaca con la pregunta: "¿A que nos ha quedado mono?".


Creo que Franco estará contento de que su idea aún se utilice. Sólo queda por solucionar un problema y es que, hoy en día, el pueblo sí tiene voz, y el otro día la utilizó. ¡Vaya si la utilizó!.

jueves, 3 de diciembre de 2009

Creer en cualquier cosa


Según Chesterton "cuando el hombre deja de creer en Dios empieza a creer en cualquier cosa". Esta frase parece ser piedra angular del proyecto de ingeniería social del PSOE, pues no hay nadie más interesado en que se cumpla la máxima del escritor londinense que ellos. Por eso, ayer decidieron respaldar la proposición no de ley para la creación de una nueva legislación sobre "libertad" religiosa, impulsada por ERC y con la complicidad de los tribunales europeos. En ella podemos encontrar, como apartado más significativo, la prohibición de los crucifijos en las escuelas.

Esta propuesta nace, como ya dije, de la máxima de Chesterton; pues es necesario extirpar de raíz el corazón cultural de Europa, que no es otro que el cristianismo representado en forma de madero. Necesita el socialismo eliminar vestigio alguno de aquella religión, aún seguida por muchos, que dio fuerza moral a Europa para su expansión; que engendró a una Iglesia Católica que se mantiene inquebrantable a sus ideas; que extirpó de Occidente el comunismo cuando ningún dirigente político pudo hacerlo. Un cristianismo que se ha erigido como verdadero grupo antisistema, poniendo en tela de juicio el progreso homicida que algunos llaman derechos. Un cristianismo que, a ojos de la biblia socialista, es ya un núcleo socialmente peligroso.

Por eso, eliminar al Cristo del madero es esencial para la progresía, creyentes únicamente en la divinidad humana. Divinidad que el escolar puede encontrar absurda si, entre clase y clase de Educación para la Ciudadanía, levanta la mirada y fija sus ojos en los ojos misericordiosos del Cristo agonizante.



Andrés D. Ruiz.