miércoles, 28 de abril de 2010

Triste de necesidad


Sólo la subversión de todo tipo de valores y de símbolos a la que se dedica el PSOE puede dar a luz algo tan siniestro para nuestra cultura: la utilización en el Senado de las lenguas cooficiales, mediando traducción simultánea. Al frente, ¡cómo no!, Leire Pajín: adalid contra la causa centenaria de la Hispanidad.


Ya sabíamos que la gente de ZP no tiene respeto por nada, es más, todo aquello que hacen es un mero truco para arrancar de la sociedad todo lo que huela a común, a unión, a España. Lo que no podíamos imaginar, y mucho menos con la que está cayendo, es que ahora iban a tomarla con el símbolo de la unión entre todos los españoles: su lengua. Aquella que surcó el Atlántico con Colón a la cabeza, aquella que engendró a El Quijote, aquella en la que Lorca y Machado apoyaron sus versos, aquella... Puedo seguir, sin embargo, creo que no hacen falta explicar los motivos por los que estoy orgulloso de hablar el castellano.

"¿Y por qué negarse a que se hable Euskera o Gallego en el Senado?", preguntarán cuando nos neguemos los retrógrados derechistas a tal ofensa. Pues bien, me niego a que en la Cámara Alta de un país como el nuestro, con una lengua universal, se tengan que utilizar traducción simultánea como si del Parlamento Europeo se tratase. Desde el respeto absoluto y el cariño a las lenguas cooficiales, las cuales enriquecen el País culturalmente, no podemos tolerar que se cuestione la hegemonía del castellano como lengua común a todos, pues esto es un orgullo con el que no todos los países cuentan, como es el caso de Bélgica.

No quiero acabar, sin volver a mostrar mi asombro. Tenemos una lengua que es un orgullo, que es nacional, que es común, y que ha aprendido de sus hermanas catalana, gallega y valenciana. Una lengua que mira con asombro el misterio del euskera. Una lengua, la única, que rivaliza con el inglés en cuanto a universalidad. Sin embargo, triste es ver cómo intentan hacerla provinciana, pobre, carca y conservadora. No es así: el español es universal, rico, moderno por su contínuo movimiento y, por supuesto, progresista (en el buen sentido de la palabra) por su cambio permanente.


Desgraciadamente parece que llegará el día en que el nieto adoctrinado por el nacionalismo preguntará al abuelo: "¿Y cómo sonaba este poema en la lengua de Machado?".


Triste de necesidad.

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